Lunes, 6 Abril 2020

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CINE/ 'Midnight in Paris'

Nadie faltó a la fiesta

13-05-2011 22:00
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Nadie faltó a la fiesta

Nadie faltó a la fiesta

En 1950, en una carta a un amigo el escritor Ernest Hemingway dijo que "si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará, vayas adonde vayas, todo el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue". Si duda, el homenaje de Woody Allen a París era una fiesta, el libro donde Hemingway contó sus aventuras de juventud en aquel París encantado de principios del siglo XX en el que fue "muy pobre pero muy feliz" es Midnight in Paris, una de esas felices sorpresas que siguen haciendo estimulante el cine, ir al cine, ver cine. Es una de esas raras películas que se pueden llamar, sin sonrojarse, deliciosa.

Midnight in Paris, como su mismo título avanza, es un paseo a medianoche por los clichés del París bohemio de los felices años veinte del siglo pasado, pero visto a través de los ojos de un escritor americano frustrado (Owen Wilson) que llega, con su novia (Rachel McAdams) y los padres de ésta, a París en busca de inspiración, sintiéndose de repente embrujado por la magia de la ciudad y sus ilustres fantasmas: Ernest Hemingway, Zelda y Scott Fitzgerald, Gertrude Stein, Cole Porter, Pablo Picasso, Luis Buñuel y Salvador Dalí. Nada menos.

En Midnight in Paris, Allen no sólo permanece apegado a las pautas artesanales que han caracterizado la mayor parte de su filmografía, sino que también ha vuelto a una parcela muy querida de su cuantiosa obra: la comedia ingeniosa construida alrededor de una simple y descabellada ocurrencia, como los actores que traspasan la pantalla de cine en La rosa púrpura de El Cairo o las pócimas milagrosas que cambian la vida de la protagonista de Alice, Mia Farrow, por aquel entonces casada con el cineasta neoyorquino. Aquí Allen cuenta con el apoyo de Owen Wilson, Rachel McAdams, Marion Cotillard, Michael Sheen, Kathy Bates y Carla Bruni, pues nadie quiso perderse la fiesta de una experiencia visual tan rica como radiante.

Sencilla, pero muy crítica, emotiva, pero muy cerebral, Midnight in Paris nos ofrece en 90 minutos de salutífera diversión un Allen rejuvenecido, fiel a su idea del cine como ilusión, en el que la figura del artista deviene, una vez más, protagonista absoluto, dentro siempre de una caligrafía pulcra y tan marginal, en la vorágine del cine de montaje actual, como sus antihéroes. En definitiva, una nueva demostración, nada autocomplaciente, de que el director de Manhattan sabe de qué materia están hechos los sueños. Gustará o no su "máquina" de viajar en el tiempo, pero a la salida del cine todos dicen I love you París.

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