Cuando entré en El Cairo, aparte del más monumental caos circulatorio, me topé con un luctuoso suceso: la matanza de coptos, la minoría cristiana, acaecida en octubre de 2011. Los blindados del Ejército arremetieron contra una pacífica manifestación que protestaba por la quema de una iglesia en Edfu. Murieron decenas de jóvenes. El Gobierno egipcio estima su número en un 10%. Pero ellos, que se consideran directos descendientes de los faraones, serían más del 25%.
"Antes estábamos mal", comenta un estudiante de ingeniería que trabaja en un bar para pagar la Universidad, "pero ahora estamos peor. Esperábamos un cambio, pero nada está cambiando. No al menos en el sentido que queríamos. Nosotros hicimos la revolución. No fue una revolución copta sino egipcia, pero el setenta por ciento de los que estábamos en aquella plaza éramos cristianos. Sólo queremos nuestros derechos. Además, ¿a dónde voy a ir?"
El patriarca Shenouda III no tiene esperanza en Occidente. "No han hecho nada por nosotros", asegura uno de los barbados sacerdotes de la gran catedral. "¿Y qué van a hacer?", le pregunto. "No confiamos en nadie", dice, "ya no. Nuestro Patriarca y su Sagrado Consejo han decretado que a partir de ahora guardaremos silencio. Durante tres días ayunaremos y rezaremos. Será Dios quien hará algo para ayudar a su gente".
Dejé atrás la megalópolis y remonté el valle del Nilo, auténtica herida fértil en el infinito desierto del Sahara. Abandoné Luxor y sus maravillas arqueológicas. En Asuán tomé el más terrible barco que imaginarse pueda. Setecientas personas. Dos letrinas. El único premio es divisar a lo lejos las fantásticas estatuas de Abu Simbel en el amanecer del segundo día de navegación. Sucio y harto, arribé al calcinado puerto sudanés de Wadi Halfa.
En Wadi Halfa no hay nada que hacer más que beber té. La población es sólo un conjunto de negocios de adobe diseminados en torno a una plaza polvorienta. El Hotel Kilopatra ofrece baño comunal y ventiladores, aunque siempre cabe la posibilidad de sacar el catre de muelles al pasillo cuando aprieta el calor. Es el mejor establecimiento de la zona. La pobreza general, la falta de medios y de esperanza son obvios en uno de los países más cerrados, recónditos y dictatoriales de África. El eterno conflicto de Darfur y el islamismo declarado de las autoridades no le granjean buenos amigos en Occidente.
El pueblo está muerto durante el día. Al frescor de la noche acude una muchedumbre de hombres negros vestidos con chilabas muy blancas. Son los nubios. Hablan lengua propia y proceden de la más lejana antigüedad. La grandeza de su reino es tan vieja como la de las pirámides. Situado entre la primera y la sexta catarata del Nilo, su relación con Egipto fue siempre estrecha y no pocas veces también conflictiva. Hubo varios faraones nubios y tropas de élite nubias al servicio de los egipcios.
Nubia desapareció en el 350 de nuestra era al ser invadido por un rey etíope. Surgieron entonces tres pequeños reinos cristianos. Al norte, Nobatia, entre la primera y segunda catarata; al sur de la sexta, Alodia; en el medio, Makuria, con capital en Dongola. A partir del siglo VII fue poder dominante en la región con fuerza para resistir al invasor árabe que conquistó Egipto. Makuria mantuvo su independencia y religión cristiana hasta el siglo XIV, cuando los mamelucos invadieron la región y el pequeño reino desapareció tragado por la arena sin apenas dejar rastro.
Tras lograr el visado de Etiopía, me dirigí al Sur. Fue como cambiar de planeta y reingresar en el color verde que ya creía haber olvidado. Montañas, plantaciones, bosques y una historia milenaria, la del reino del Preste Juan. Según un mito del Medioevo, existía un riquísimo territorio más allá del Sahara donde regiría un príncipe cristiano. Vasco de Gama abrió la ruta africana hacia las Indias Orientales en 1498 y se topó con el imperio del Negus. El cristianismo había llegado en el siglo IV gracias a misioneros sirios, pero en el VII los árabes comenzaron su expansión militar. Con el ascenso de este nuevo poder hegemónico en la región, Etiopía quedó aislada de la Cristiandad.
El jesuita madrileño Pedro Páez (Olmeda de la Cebolla, 1564) fue enviado desde la colonia portuguesa de Goa (India). Disfrazado de mercader, su barco fue abordado por piratas yemeníes y obligado a recorrer a pie el inmenso desierto donde pasó esclavizado seis años antes de poder ser rescatado y conseguir llegar a Etiopía en 1604.
El emperador Susinios le brindaría la oportunidad de visitar en las montañas Sahala las fuentes del Nilo Azul al sur del lago Tana, hoy en la ruta principal a Addis Abeba y en las proximidades de las cataratas del "Agua que echa humo", situadas a 30 kilómetros por una pista sin asfaltar de la agradable ciudad lacustre de Bahir Dar. Suceso que finalmente se produciría el 21 de abril de 1618.
"El camino se torna grava durante cincuenta kilómetros. Subo una loma y entonces lo veo. Al fondo, marrón y agitado, el lago Tana. Una larga recta lleva hasta Gorgora, aldea de apenas un centenar de casas.
Páez vino a Gorgora varias veces para supervisar la construcción de un palacio catedral. En su última visita cayó enfermo. El 25 de mayo de 1622 murió y sus compañeros lo enterraron allí.
Llegar hoy hasta allí por tierra es una misión ardua. El camino es de cabras y los pedruscos diseminados hacen peligroso conducir la moto. Tras varias horas de esfuerzo y caídas, subo a una colina a orillas del gran lago. En la cima encuentro en pie el esqueleto del palacio y los restos de un torreón. Alrededor yacen esparcidas las piedras que forjaron los muros de la iglesia. Apenas queda una arcada con celosías portuguesas. Nada recuerda aquí al jesuita. El inglés Speke tiene una placa en el lago Victoria de Uganda como descubridor de las fuentes del Nilo Blanco. Páez un agujero negro en un lugar remoto. Cuán diferentes son las naciones en el trato dispensado a sus hijos.





















