Grandes viajes

Sulawesi, un mundo extra

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Las Palmas de Gran Canaria - Las Palmas

Durante cinco días convivimos con los torajas en Sulawesi, antiguas Islas Célebes, sociedad autocrática de insólitas tradiciones y costumbres funerarias. La zona, de singulares paisajes, conserva patrimonios únicos. 

|MARIO HERNÁNDEZ BUENO|

LAS PALMAS DE GRAN CANARIA

Tras diecisiete horas en un aparato de las líneas Qatar para llegar a Indonesia, y dormir unas cuatro horas en el elegante Sheraton, junto al aeropuerto, volamos durante dos horas con Garude hasta Makassar, capital de Sulawesi, antiguas Islas Célebes (del portugués célebre); archipiélago que dominaron brevemente los especistas lusitanos, poco después arrebatado por los más avariciosos holandeses.

Nos esperaban dos chóferes y el guía, Martinus, un joven excepcional pues, entre tantos valores humanos, vive en una perdida montaña de la Tierra de los torajas -para los musulmanes bugis, "paletos"; para ellos, "gente excelente"- y había aprendido un sorprendente español solo. Viajábamos con funcionarios de Turismo, la señora Saraswati y el señor Hidayat, que coordinarían la expedición. Y con los cinco periodistas de F.E.P.E.T. se partió a las 9 a.m. carretera arriba; doce horas atravesando poblados bungui, míticos marinos y expertísimos pescadores que tanto placer gastronómico dan a los chinos con los "pepinos de mar" y los nidos de salanganas (un tipo golondrina); y a las siete horas de lenta travesía, dejando al paso las montañas sagradas Kandora y Gandang, donde se posó el barco en el que llegaron del cielo los padres de los torajas, piscifactorías de langostinos, arrozales, dulces y enormes toronjas…. penetramos en zona cristiana: Tana toraja, la tierra de los torajas.

Atrás quedaban también las reyertas comenzadas en 1998 entre musulmanes y cristianos que se cobraron víctimas mortales; a uno de los dos dioses se le deberá la paz, que llegó en 2006. Y alcanzamos bien entrada la noche Rantepao, la capital, y, tras cubrir 2 kilómetros, llegamos al hotel Toraja Heritage (www.torajaheritage.com), una recreación de las típicas casas, cuyos imponentes tejados emulan a aquel barco divino. Tras veloz colación, agotados, nos retiramos. Al alba comenzarían los intensos días en un "mundo extra".

Salimos hacia los altos de Batutumonga (1.355 m2) y al poblado de Pallawa, cuyas fachadas exhiben los enormes cuernos de búfalos de agua que poseyeron las diversas generaciones como advertencia de poderío; un ejemplar negro cuesta 4.000 € y un albino 6.000. En esa sociedad autocrática y, por consiguiente, que maneja muy poco dinero, es una fortuna. Pero antes, sin preverlo, se nos regaló la primera muestra etnográfica: la matanza de varios cochinos. Los risueños nativos se mostraban felices -viéndonos con un vano intento por discretar nuestro estupor- apuñalando el corazón y eviscerando los animales; cerca, las mujeres manipulaban cancun (especie de espinaca de agua silvestre), hojas de batatas, arroz y la sangre para preparar Cochino a la pa'pion, un asado/cocido hecho en tubos de bambú. Tras once horas atravesando campos de algodón y su villa, Sa'dan To' Barana, regresamos tan entusiasmados como agotados.

Así serían los siguientes cuatro días. Sociedad autocrática Tierra toraja es paradigma de vida autocrática: huertos y ríos procuran casi todo lo necesario para vivir; el bambú (algunos absolutamente gigantes) se emplea en la construcción de casas, muebles, instrumentos musicales y como alimento; el búfalo y su estiércol ayudan a cosechar el pan: los arroces, blanco y negro, y da sabrosa carne; se cultiva anacardo, batata, café, especias, magníficas echalotas, chayotas, ñames, algodón y plátanos, cuya flor es ingrediente del potaje Yantung; abunda la marquesa (el africano ñame), que es prácticamente silvestre, lo mismo que ciertas yerbas que les salvan de la muerte o sirven para embalsamar; de los ríos sacan carpas y anguilas.

Estábamos Octubre, finalizaba la época seca y muchas parcelas de arroz estaban amarillas; nos extrañó ver unos hoyos con agua en los que aquellos peces permanecen intocables: la sesuda ecología, la indispensable despensa. Se benefician de varios tipos de palmera, aparte del cocotero se yerguen la pamarrasan, de cuyo tronco se obtiene un polvo espesante de guisos, y la induk, de la que obtienen azúcar, "vino", vinagre y un aromático destilado.

Los torajas son cristianos animistas; evidencian el gusto por un prudente alcohol y regularmente renuevan su pasión por el antimusulmán cochino al tiempo que continuadores de la ancestral cultura Aluk. Un complejo sincretismo que se evidencia, sobre todo, en las bodas y los funerales. Practican el trueque, no saben de mercados, primas de riesgo, agencias de calificación, despilfarro, rescates.

Una de las características invisibles al viajero con prisas es la solidaridad, ningún miembro se queda sin comer u otros imprescindibles auxilios; cada parroquia guarda -con un desaparecido rigor- las dádivas para atender las calamidades; es el anacrónico pero auténtico cristianismo, que ya habíamos advertido en los coptos de la profunda Etiopía norte. No se ven policías, su vocación gregaria, por mor de un ancestral aislamiento, les lleva a dirimir los contenciosos entre familias; solo se acude al juzgado cuando raramente el delito es mayor.

Dólmenes milenarios Y tras cruzar profusos parajes, valles y montañas, bosques y huertos, aldeas de gente tranquila, sonriente, hospitalaria, nos detuvimos, cerca de Kambira ante unos milenarios dólmenes funerarios. Y repasamos un colorista y odorífero mercado; me interesaba ver entre tantas curiosidades el polvo negro de origen vegetal pangui con el que se liga la salsa pamarrasan, que condimenta guisos de carnes y de pescados.

El negro -otra vez en la comida- nos advertía de una recalcitrante familiaridad con la muerte. También se exponían gallos de riña, que sus vendedores incitan a pelear en breves lances a fin de publicitar la bravura; y como es delito menor, el policía miraba al cielo.

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