Fin de semana

El embrujo mágico de La Palma

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Santa Cruz de la Palma - Tenerife

Desde la cumbre hasta el mar, la isla de La Palma ofrece un sinfín de posibilidades para el ocio y el deleite.

La Palma es una tierra de contrastes, de tradiciones centenarias en la que los colores se entremezclan, la naturaleza se muestra sin tapujos y un cielo limpio, que es la envidia de medio mundo, abre la ventana a un universo del que poco a poco se conoce cada vez más.

 

En la isla bonita, el verde de los pinares y la laurisilva se funde con el negro y el marrón del último volcán español en erupción. Desde los bosques en la Caldera de Taburiente, cuya frondosidad parece evocar a la selva de Borneo, a sus playas de fina arena negra, pasando por sus parajes volcánicos, La Palma no deja de sorprender al visitante en cada giro o en cada curva, bajo la magnificencia de un cielo nocturno encendido.

 

La isla de La Palma se debe conocer al paso tranquilo de sus gentes, la cordura que marca la maduración de los plátanos en el Valle de Aridane y Tazacorte o la mesura de la elaboración de los puros en los chinchales tabaqueros. La Palma también se adivina a través de sus tradiciones centenarias, como el minué que preside el baile de los enanos cada cinco años, en los telares de Mazo y en la seda de El Paso, o, quizás, en la figura impertérrita de los molinos de Garafía. 

 

Es, en definitiva, el ritmo agradecido con que la madre naturaleza ha impregnado y dominado en todo lo palmero, las mismas huellas que en el resto de las islas, pero que, al pie del Bejenado, la Pared de Roberto o el Pico de la Nieve, parece tan diferente.

 

Aquí la plenitud vegetal, junto a una abrupta topografía, la influencia de los vientos alisios y el aislamiento geográfico, ha permitido conjugar a la perfección gracias al transcurrir de los siglos, unos paisajes con una gran riqueza en especies endémicas, por lo que no es de extrañar que en el año 2002 la Unesco acordara la ampliación de la Reserva de la Biosfera Los Tiles a todo el territorio insular, con lo que pasó a conocerse como Reserva Mundial de la Biosfera La Palma.

 

En esta isla, referente del desarrollo sostenible, el 70% de su superficie está protegida bajo alguna de las formas de conservación estipuladas por la vigente ley de Espacios Naturales de Canarias.

 

El Parque Nacional de La Caldera de Taburiente, Las Reservas Naturales de Guelguen y del Pinar de Garafía, los sitios de interés científico de Barranco de Agua y Juan Mayor, las zonas de uso restringido de los Parques Naturales de Cumbre Vieja y Las Nieves y la Franja Marina de Fuencaliente forman el núcleo que conforma esta denominación con la que la gente de La Palma apuesta por la sostenibilidad ecológica.

 

Con 8 kilómetros de diámetro, casi 20 de circunferencia y una altitud que oscila entre 100 y 1.500 metros de altitud sobre el nivel del mar, el inmenso cráter erosivo de Taburiente es, por sus numerosos tesoros botánicos, geológicos y de fauna, una visita obligada para todo turista. Caminar por las diversas rutas y senderos habilitados en el antiguo menceyato de Aceró, tierra de los Benahoritas, es una de las mejores maneras de atisbar la realidad de la isla.

 

VEREDAS. Las profundas paredes de este Parque Nacional esconden multitud de caminos que, entre pinos canarios y laurisilva, el agente condensador de las brumas que se forman en la Caldera, o la variedad de especies endémicas, nos acercan a los riachuelos de Taburiente, el Barranco de Verduras y Alfonso, la Cascada de Colores, o el mítico Roque Idafe. El agua constituye una de las bellezas naturales de este Parque Nacional y de este paisaje volcánico: numerosas fuentes brotan, formando al unirse sus corrientes, arroyos y caprichosas cascadas, como El Salto de la Desfondada, con una caída de unos 150 metros.

 

Los nacientes de Marcos y Cordero son también otro punto de referencia en la isla. El municipio de San Andrés y Sauces, en la zona Este de La Palma, recibe los frutos de estos manantiales y el fluir, desde la misma roca, del agua que mantiene en toda su frondosidad el Bosque de El Canal y Los Tilos. También es inevitable tomarse el tiempo necesario para subir a la cumbre, a la crestería de La Caldera, a 2.420 metros de altura, muy cerca del Observatorio Astrofísico del Roque de los Muchachos, porque La Palma, gracias a sus cielos oscuros y despejados durante el año, se ha convertido en uno de los enclaves más privilegiados del planeta para la observación astronómica.

 

En verano el cielo permanece despejado el 90% de las noches, lo que junto a la lejanía y a la escasa urbanización insular, garantiza un cielo nocturno limpio. El cielo de La Palma se encuentra, además, protegido por la Ley de Protección de la Calidad Astronómica de los Observatorios del IAC, conocida como la Ley del Cielo.

 

Firma: Fernando Bethencourt

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